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El horror y la gloria se disipan fácilmente porque tenemos a mano el mando a distancia. A mano. Con los botones memorizados por nuestros dedos para no perder tiempo en mirarlo, para no perder un segundo de nuestros programas favoritos. El control remoto es el moderno portón hacia el mundo mágico. Nos comunica con ese otro universo multicolor de estrellas rutilantes, actores bellos y jugadores de fútbol millonarios y jóvenes. Pero también con las calles derruidas de una ciudad desconocida de Siria, con la carita hambrienta de un africano que acaba de llegar en patera. Con una bomba explotando cerca de casa. Con Irina Shayk. Con Bin Laden. Con el cielo y con el infierno.

Pero, ya nada es tan terrible (ni tan fastuoso). Si una canción no te gusta, cambias de canal. Si Susana Díaz grita en ascendente, cambias de canal. Si anuncian un nuevo show de cocinillas, cambias de canal. Si te cabreas con tu pareja, cambias de canal, pones algo que deteste y acaba por largarse de la sala. Es un gran invento el mando a distancia. Hacer zapping nos regala muchas vidas, casi simultáneas, en nuestra cómoda salita de estar. La tele es nuestro Aleph privado y el mando su profeta. Nuestra casa es un envase en el que caben muchos mundos.

Y parece que la realidad, en fuga y desapasionada, se ha contagiado de esta velocidad cambiante, de este sistema semivirtual en el que podemos elegir, sin pausa ni hiatos reflexivos, dónde, con quién, cuándo estar. Pero sin estar.

Necesitamos un mando a distancia para la vida real. Para acceder a nuevos contenidos, para acelerar nuestro consumo de imágenes, de sonidos y de rostros. Vemos en una semana más rostros y oímos más voces que nuestros abuelos en toda su vida. Hacemos zapping porque no nos encontramos a gusto en ningún canal de la existencia. Hacer zapping es viajar por el tiempo, por la mente desconcertante de un dios polifónico que nos posees. Por un demonio que nos quiere. Que nos lo ofrece todo.  Todo, pero tras los barrotes de Led.

Los zahoríes usaban las varas para encontrar agua. Nosotros usamos el mando a distancia para encontrar la coca-cola, la telepizza, el perfume. Todo está ahí, solo hay que mover la ‘varita’ y plas, ya lo tienes.

Truman vivía en un show pero al final escapó. Porque descubrió en qué parte de la ficción vivía. Nosotros tenemos el mando a distancia pero ¿sabemos a qué lado de la pantalla estamos?

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