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Todo hombre nace de un deseo de barro, agua y fuego. De unas manos fieles y suaves que en el torno te moldearán hacia una sonrisa amable durante toda la vida, hacia el amor a los animales, a la calma que da la obediencia en unos casos y en otros, hacia la tos de madrugada, la estupidez reincidente y la queja asidua como forma de sobrevivir.

No es el zodiaco el que asigna los rizos del vello en el pecho, ni la querencia a los conciertos de fin de año. Tampoco la alergia al pan moreno o esa adicción al café que te recluta cada mañana a una taza entre las manos. El misterio que asigna el temperamento, lo encontramos, en el número de sonrisas de la madre durante los primeros veintidós días de gestación y en la cantidad de cúrcuma que han ofrecido sus dedos a la tierra para dar color al último atardecer. Es así de sencillo.

“Todo hombre nace de un deseo de barro, agua y fuego”

Esos primeros veintidós días serán imprescindibles en el desarrollo de una persona para elaborar el material sobre el que estarán cimentadas las paredes de su cielo y de su infierno.  Vamos a entrar en materia. Influye enormemente a la hora de elegir la profesión que se ejercerá, si entre las lecturas últimas de la madre, ha estado la poesía, la ciencia ficción, la novela negra o un ensayo sobre las consecuencias de la tala de bosques en el pájaro carpintero.
Otro tema importante es la postura que adoptará el bebé en el futuro a la hora de dormir. Variará mucho según la elección del cuento que leyó la madre al niño cuando todavía estaba en el vientre. Si la opción fue un cuento de Borges o en su lugar uno de Alan Poe. En el primer caso dormirá plácidamente, en posición fetal, acurrucado y totalmente desnudo. En el segundo dormirá girado, mirando a la puerta a la espera de algún ruido, con la almohada entre las piernas y con una respiración fría e inquieta.
El penúltimo cuadro que visualice la madre antes del parto es el que determinará el color de los ojos. Conozco a una mujer que imaginó el cuadro del Grito de Edvard Munch y su hijo tuvo siempre en la mirada un color de cuchillos afilados y deambuló durante años por pabellones psiquiátricos coleccionando llaves de puertas imaginarias.
El sexo dicen que lo establece la primera fruta que la mujer come después de hacer el amor cuando se engendra al niño. Pero yo creo que esa teoría es un poco ingenua, tiene poco rigor científico.
Mi hipótesis es más contundente y creíble. Propone que el sexo lo establece la música y el compositor que han acompañado a la madre durante el embarazo. Chaikovski, Mahler, John Rutter engendrarán varones con predilección por dar paseos en la nieve, personas silenciosas, que esperarán a la muerte con un grano de mostaza en la boca para recibirla de forma serena y pacífica. Wagner, Beethoven, Grieg mostrarán más preferencia por modelar hembras seguras de sí mismas, de carácter y gran belleza, tolerantes con las inclemencias del día a día, bondadosas y fieles al olor de su manada. Y así los diferentes compositores y músicas erigirán un atlas multicolor que dará al mundo hombres y mujeres con diferentes matices, olores y saberes.
Pero lo emocionante en un mundo más digno e imparcial será descubrir niñas conduciendo cohetes a la luna, con canicas en los bolsillos, la camisa por fuera del pantalón y aire chulesco, camino de la copa de un árbol donde marcarán su territorio sin miedo a machos dominantes.
Lo maravilloso estará en esperar que cuando un niño crezca orgulloso de sí mismo, se mueva como una mujer, ame como una mujer, se desnude como una mujer.

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