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Ahora que los twinpeaksianos pueden disfrutar de una inesperada tercera temporada de la mítica serie creada por David Lynch y Robert Frost, este conjunto de ensayos es más que oportuno. Un manual para telespectadores, amantes de la obra lyncheana o curiosos de cualquier tipo. En este indispensable tomo encontrará el amante del universo Lynch algunas de las claves que le acercarán, si es que es posible, al centro del caos Twin Peaks, saborear sus misterios y sus inolvidables personajes. Pero, la hermenéutica de la ficción, como la exégesis borgeana, produce más ficción. En el Regreso, mediante ensayos y entrevistas, a este cosmos inabarcable que es Twin Peaks, descubrimos nuevas lecturas que lo nutren. Si gozar de un objeto demanda su comprensión, aprehender la totalidad (tarea tan imposible como innecesaria) del inframundo lyncheano nos parecerá más asequible, a la vez que disfrutable, si reconocemos matices, profundizamos en sus personajes/actores y navegamos a la deriva por su geografía real/imaginaria con el GPS activado.

La entrevista del propio David Lynch funciona como el visionado de un “making-off” dedicado a la manufactura y entresijos, tanto a nivel técnico como artístico, de Twin Peaks. Afinado es el texto de Chion, porque su mirada desliza nuevas interpretaciones, la consideración del efecto de la música de Badalamenti como homogeneizador. Nos hace ver al agente Cooper, por ejemplo, como a un alien que ingresa en un mundo fascinante para redescubrir los sabores de la tarta de fresas, el insólito sabor de esa bebida llamada café (en la tercera temporada, la alienación de Cooper alcanzará su máxima expresión). Las relaciones que se establecen con otros productos televisivos y cinematográficos. Por ejemplo, sus vínculos con la inocencia-perversidad de Lolita, Laura de Preminger o los avatares ultraterrenales de Ghost.
La aproximación que hace Aarón Rodríguez Serrano desde la filosofía nos sirve para constatar algo que ya intuíamos: que Twin Peaks es un artefacto repleto de misterios irresolubles carente de lógica y cuya hermenéutica es siempre provisoria.
Igualmente interesantes y convenientes son los aportes que realizan Thomas Carroll quien contempla al agente Cooper como un viajero en el paisaje mitológico de Norteamérica o Carlos Losilla, quien basa su estudio en la figura mutante de Laura Palmer: entidad caleidoscópica que condensa tanto la inocencia de la joven muerta como la imagen de una perversión incomprensible. El rastreo que realiza Losilla pasa inevitablemente por Poe, quien consideraba la muerte de una mujer el mejor tema literario y cuya obra, como la de Lynch, abunda en retratos, es decir, en figuras icónicas.
En general todos los textos aquí reunidos son valiosos, rigurosos, académicos y analizan con objetividad, pero también con gran creatividad la serie televisiva.
Lo irreal y lo surreal configuran el mosaico Twin Peaks. Lo raro se establece como norma, y los personajes deambulan sin consciencia plena de que habitan un extraño universo onírico que no se rige por las leyes de la coherencia. La única norma coercitiva es la imaginación de Lynch, quien ha tenido la feliz ocurrencia de hacer de lo cotidiano un ámbito pesadillesco y de instalar reductos fuera del tiempo y de la realidad (me refiero a la Red Room) así como hacer converger en un mismo relato a seres anormales y tipos reconocibles por todos.
Twin Peaks ha dejado de ser una serie para convertirse en símbolo. Un vestigio de la cultura que se ha emancipado de su propia naturaleza de artefacto cultural para devenir avatar poliforme, multiverso estético y aglutinador de arquetipos. Su influencia en la literatura, cine y televisión no es sino la muestra de su poder de sugestión y su grandeza como mundo propio.

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