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Al abrir el periódico, todos los días te encuentras con una noticia renovada, no es nueva, porque ya sucedió ayer y anteayer, pero está renovada porque es un caso nuevo de lo que ya ha sido. Si es la corrupción, parece que no tiene fin y se repite día tras día; si son sentencias judiciales, todo el mundo las acata, pero, como con las pasadas, no todos están de acuerdo con ellas: si se trata de la sección internacional, solo vemos repetir miedos a posibles catástrofes políticas que, por cierto, son las mismas de días pasados; si se trata de economía, todos se han puesto de acuerdo en que tienen que salvarla, como dijeron ayer y anteayer, los que menos tienen porque son los que más son. Y así podríamos seguir citando a casi todo lo que llaman noticias. ¿Es que la naturaleza humana no da para más y vivimos recorriendo esa circunferencia maldita?

“Existen algunos políticos a los que no se les ha conocido otra ocupación que el vivir de la política”

Algunos así lo creen y echan la culpa a pecados originales o a la simple limitación de la materia. Estaría de acuerdo con ellos si no viera que, por ejemplo, en la cuestión económica, mientras a unos, la mayoría, les va mal, a otros, que son muchos menos, les va bien. Me creería lo de la circunferencia maldita si todos, y digo todos, nos hubiéramos enriquecido con la corrupción, pero como la realidad constata, esto  no es así. Los del pecado original tratan de romper este sistema con el argumento de que no todos somos corruptos porque no podemos, pero que todos somos corruptibles en potencia y, si no lo somos en acto, es porque no tenemos oportunidad. Prescindiendo del insulto que supone esa afirmación, yo les recomendaría que estudiaran cómo, según Aristóteles, se hacen argumentos entre personas racionales. Sin embargo, esta defensa del ser humano no siempre se mantiene en determinadas situaciones. Mijaíl Bakunin, en su libro Dios y el Estado, dice que en todos los  poderes del Estado el que los consigue tratará de perpetuarse a sí mismo y, cito textualmente, “aunque el poder haya salido del sufragio universal, podrá renovar su composición, es verdad, pero eso no impide que se forme en unos pocos años un cuerpo de políticos privilegiados de hecho, no de derecho, y que, al dedicarse exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, acaben por formar una especie de aristocracia o de oligarquía política…”[1] ¿Significa esto que, cual otro Catón, vamos a decir que deben ser destruidos todos los cargos políticos? ¿Queremos llegar a la conclusión, a la que llega Akiva Orr, de que hay que hacer una política sin políticos? ¿Seguiremos al americano Thoureau, quien, en su libro El deber de la desobediencia civil, dice: “El mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”?[2] Por supuesto que no. Si ni el mismísimo Bakunin llega a esa conclusión, mucho menos lo haremos nosotros. Ahora bien, si lo que se ha dicho (lo de perpetuarse en el poder, los privilegios…) es cierto, es decir, se da en nuestra sociedad política, habrá que arbitrar los procedimientos necesarios para evitarlo. La tendencia a perpetuarse en el poder se nos pone de manifiesto todos los días. Es más, existen algunos políticos a los que no se les ha conocido otra ocupación que el vivir de la política. Los ejemplos de ese instinto de permanencia son tan numerosos que casi se pueden elevar a ley general. Las manifestaciones de lo contrario se quedan en meras fórmulas programáticas o convenciones del momento que pronto se olvidan. El problema de esto no reside en si es bueno o malo que así sea, el problema es que se crea una red clientelar de intereses y hasta familiares (casos se han dado en los que hasta el cargo político se ha heredado) que reproducen necesariamente los errores, y decimos errores para ser suaves y no llamarlo por su verdadero nombre.

“Los privilegios de los que gozan los políticos son muchos, y eso que me han dicho que no conozco todos”

En definitiva, que, en este aspecto, debemos exigir que no se cree esa, según dice Bakunin, aristocracia tan ajena a una democracia. Los privilegios de los que gozan los políticos son muchos, y eso que me han dicho que no conozco todos. Lo peor de ello es que han logrado, a través de sus creadores de imagen y de ideas, que a los ciudadanos no solo les parezca normal, sino hasta necesario. He constatado que, cuando defienden el usufructo de un privilegio, dicen que ese privilegio ya lo tenía el anterior en el cargo y que, por tanto, deja de ser privilegio para convertirse en un derecho. Y todos los ciudadanos asienten: “Ah, si es un derecho, que así sea”. Lo mismo pasa con los sueldos y sus “adherencias”. Han logrado convencer a todos que sus retribuciones deben ser altas por… (No saben ustedes lo que los creadores de ideas son capaces de parir para justificar eso). Y, encima, se los ponen ellos mismos. Da la impresión de que son autónomos. Y, bueno, si lo son, al menos que se les pague por la calidad de la obra y hemos de decir que en nuestra sociedad hay muchas páginas en blanco en esa obra política.
Y, ahora sí, siguiendo a Thoureau, diremos con él: “Para hablar como simple ciudadano y no como esos que niegan todo gobierno, no pediré que se anule toda forma de gobierno, sino que se nos dé enseguida un gobierno mejor”.[3]
[1] Bakunin, M.: Dios y el Estado. E. Júcar. Gijón, 1976. Págs. 63 y 64
[2] Thoureau, H. D.: El deber de la desobediencia civil. E. Pi. Colombia, 2008. Pg. 14.
[3] Ob. Cit. P. 16.

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