Inicio El Show de Samsa Luz artificial

Luz artificial

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La belleza se oculta en el ojo con que se mira, dicen. Pero la mirada necesita luz y según qué luz la belleza es o no es belleza.

En la noche todos los gatos son bellos. Al igual que en los centros comerciales todas las mujeres son hermosas. Más hermosas. Porque bajo la luz artificial del centro comercial, atravesadas por una ráfaga incandescente de bombillas Led, las pieles de las jóvenes, de las cajeras,  de las dependientas, de las ancianas, de la esposa que ha ido a comprar una falda, unas medias, son más bellas, más reales. Más vivas, están más cerca, casi se puede acceder a ellas. Se desvelan bajo la luz que inunda los centros comerciales matices inusitados que la luz del sol o de las farolas ignora.

Las luces del centro comercial son como focos de un teatro que destacan, aíslan y engrandecen la actuación de pasear cargada con bolsas. Y la elevan a escena de cine. Una mujer en el centro comercial desfila por otro mundo más bello.

En los casinos de Las Vegas, me cuentan, no hay luz natural. Es un viejo truco, tratan de evitar que el compulsivo jugador se distraiga y sepa qué hora. Que pierda la noción del tiempo, desorientado, aislado en una burbuja de fantasía y placer fuera del tiempo y de la realidad.

Se crea un tiempo muerto. No hay ventanas. Lo mismo ocurre en el centro comercial. Allí el azar no sucede en una mesa de juego. El azar se nutre de la combinación extraña de un halógeno blanco y la piel de un cliente inadvertido. En el centro comercial, también en algunos supermercados, tengo yo la sensación,  todo cobra un matiz distinto. La luz de los focos, la misma que da brillo y juventud a los peces y las carnes muertas del mostrador, a los maniquís, a los escaparates de brillantina, ilumina y embellece a los transeúntes.

Sí, transeúntes de calles desiertas, de pasillos de lencería, de vinos, de juguetes, de cafeterías interiores. El centro comercial es una ciudad secreta encerrada en otra ciudad. Pero aquí, todos los ciudadanos son más hermosos. Alcanzan su momento de gloria. Se evaden de la tiranía de la ciudad externa, del hogar, del tráfico y viven una corta y renovada existencia en la que todo parece regirse por unas leyes distintas y desconocidas.

Luego pagan y regresan a casa. Atraviesan la frontera de su reino y acceden al ámbito feroz de lo real. Llevan las bolsas llenas de mercancías y en su corazón albergan la sospecha de haber perdido algo importante que no saben cómo describir.

Vuelven a casa. Un poco más feos. Pensando que algún día de la próxima semana volverán a retomar su  vida privada de centros comerciales.

Se cree que por la noche, cuando todos duermen y nadie hay en los centros comerciales, el espíritu de las mujeres que durante el día han caminado por ellos, regresa y repite el mismo trayecto.

 

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