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Desgraciadamente, de un tiempo a esta parte, el anglicismo bullying y el mal llamado ‘acoso escolar’ han comenzado a aparecer de un modo reiterativo en los medios y en las conversaciones entre padres y docentes. No es que antes no se practicase, pero sí que recientemente se están dando bastantes casos, algunos con resultados terribles, como el suicidio de una joven murciana.

En primer lugar, todos sabemos que esta práctica de acoso entre niños y jóvenes en edades escolares no es nueva. Esto no es óbice para que se condene y se deba extirpar de nuestra sociedad. Si no hemos todavía dado con una solución debemos reflexionar todos, tanto padres, como docentes e instituciones pertinentes, para acabar con esta lacra de una vez.

Dicho lo cual, me gustaría matizar algunos puntos. Cuando se habla de este tipo de maltrato, acoso y abuso de poder entre menores, me llama bastante la atención que se le denomine ‘acoso escolar’. Si bien es cierto que los niños están en edades escolares, tan solo pasan 5 horas diarias en el centro educativo, y el resto del tiempo transcurre en casa, en la calle, en el parque, lo ocupan en escuelas de idiomas, actividades musicales y deportivas y un largo etcétera de extraescolares. Así, ¿por qué se sigue llamando acoso escolar, cuando también sucede fuera de la escuela? ¿Por qué no se denomina acoso infantil o juvenil? No es que pretenda eximir la responsabilidad que los docentes tenemos, sino aplicar un poco de sentido común y ampliar el foco de atención sobre este problema que, repito, no sucede exclusivamente en las aulas.

Internet, un nuevo paradigma a la hora de analizar esta problemática del acoso entre niños, debe también ser tomado en cuenta. El uso y abuso de los teléfonos móviles, los mensajes privados, la usurpación de identidades en redes sociales, las burlas mediante fotos o vídeos vejatorios.

En este sentido, me parece sintomático de una sociedad en la que la figura del profesor está cada vez más desprestigiada que las responsabilidades en casos de acoso siempre caigan sobre los docentes. En la mayoría de los casos la legislación es insuficiente o ambigua y no permite al centro escolar tomar medidas correctoras determinantes. El otro día, leía que el padre de una víctima admitía que no había detectado nada en su hija, debido a su carácter reservado, y a renglón seguido acusaba a los docentes por no hacer nada al respecto.

El docente ha de asumir su porción de responsabilidad. No creo que la solución esté en señalarnos los unos a los otros. Sino colaborar entre todos, construir un tejido sólido con el que asegurar la integridad de nuestros niños, y así crear un espacio saludable y seguro en el que puedan vivir felices, sin violencia.

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