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Nos gusta coleccionar sueños. Recolectar fantasías. Los bestiarios datan de la Edad Media. Desde entonces, el interés bibliográfico del hombre por componer catálogos de fantasías se ha mantenido intacto. La literatura, al final, no es otra cosa que redactar un infinito inventario de todas nuestras visiones y fantasmas. Borges descubrió, cuando confeccionó El libro de los seres imaginarios (1957) que era más arduo numerar a todos los seres imaginarios que a los reales. Después, su discípulo Alberto Manguel, junto a Gianni Guadalupi, también perseveró en una exhaustiva Guía de lugares imaginarios (2000).

Ahora, Eduardo Berti ha trabado, para la Editorial Impedimenta este espléndido inventario de objetos ficticios. El volumen está ilustrado por Monobloque. Para hablar de él quizá sea conveniente avisar de que las fronteras que separan la realidad y la ficción, la literatura y la vida, la rigurosa invención y la desenfrenada imaginación han sido dinamitadas. Así, aquí se encontrarán artilugios que han sido pergeñados por escritores a través de obras literarias, en películas o por el propio Berti para divertimento y sorpresa de los lectores. Inserta además el autor comentarios, al más puro estilo borgeano-vilamatiano, sobre escritores que pueden o no existir, reseñando un mundo que está en constante tensión más allá de lo constatable y lo contrafactual. Las fantasías aquí recogidas no se atienen a otra lógica que a su propia naturaleza imaginaria o literaria, valga la redundancia.

Uno de los novelistas que más contribuyó a inventar objetos fue Julio Verne. Según leemos aquí, unos escritores belgas continuaron su labor escribiendo novelas al estilo verneiniano. Una de estas falsas novelas incluía una máquina para borrar la memoria. Más o menos es lo contrario a lo que hacen los libros de fantasía como este, que instalan objetos y recuerdos falsos en los despreocupados lectores.

El libro imaginario tiene un problema imaginario. Crea objetos imaginarios. No es tanto el problema si al cerrar el libro los objetos imaginarios quedan atrapados entre sus páginas. Este no es el caso del protagonista de un cuento de Primo Levi, aquí recordado por Berti, titulado “Algunas aplicaciones del Mimete”.  Su protagonista, Gilberto, precursor de la máquina fotocopiadora tridimensional, duplica a su esposa. Y tampoco el problema sería tal si Gilberto no se enamorase de la clonación.

Sería inacabable la lista de prodigios que encierra esta antología: desde televisores que muestran episodios de la Antigüedad, buscadores de libros, máquinas de inventar novelas (en este tema me extenderé en otro artículo en el próximo número en papel de Entrelíneas), sustancias que reaniman a los muertos (léase Locus Solus para más catálogos de fenómenos), casas móviles, detectores de dolor, máquinas de torturar, un lápiz labial con vitaminas o un Horno frío ideado por Virgilio Piñera, autor de Cuentos fríos, después de muerto…

Hay uno de los inventos inventados de Berti que resume  a la perfección este libro: el programador de sueños. Aunque aquí ya han sido seleccionados los episodios imaginarios y distribuidos a voluntad del antólogo, estoy bastante seguro de que cada lector podrá tras su lectura proyectar sus propios desvaríos y programar una serie de sueños a voluntad. Es este pequeño recetario de invenciones un paseo por la literatura, más bien por las vueltas que da la literatura sobre sí misma, por la imaginación. Sirve, además, como guía que conduce a otros libros insospechados, a autores, a veces, marginales, a relatos olvidados cuyo carácter anecdótico se ha sabido subrayar.

Para acabar el comentario de este libro, tan solo señalaré uno de los textos que me ha llamado la atención. Trata de una novela titulada El señor Mee (2000). Según nos explican, en ella se da cuenta de una máquina, con poleas y pesas, que sirve para hacer crítica literaria. Podría haberme ahorrado la lectura y la escritura sobre este Inventario de inventos con este artefacto pero estoy seguro de que no habría disfrutado como lo he hecho. Leer, al final, como dijo Calvino “es volver a inventar, con otras palabras, lo que otros ya habían inventado”.

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