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Luis Rodríguez es uno de los narradores más excéntricos,

en todos los sentidos, que tenemos en España.

Lo cual no es bueno, ni malo, es excéntrico.

VICENTE LUIS MORA

 

Cada libro contiene su propio manual de instrucciones.  Este no es el caso en la obra de Luis Rodríguez (Cossío, 1958), autor secreto que hasta el momento ha publicado otras tres novelas más.

En El retablo de no, como en anteriores trabajos, Rodríguez realiza un ejercicio de prosa experimental, con una estructura laberíntica, episódica pero de una textura sólida.  En cada frase constatamos una precisión que nos hace sospechar de la autoconciencia de escritura que el autor posee. El libro está escindido en dos partes o versiones (¿borradores?): una larga y otra más breve del mismo texto, a las que se accede por cada una de sendas portadas del volumen. Así, al modo de la Rayuela de Cortázar se puede elegir entre uno, dos o infinitos procedimientos de lectura.

Rodríguez combina, es un decir,  el género narrativo con el dramático en un juego de espejos que reflectan la realidad y la ficción en una confusa serie de fragmentos inconexos. Los personajes (¿podríamos llamarlos actores?), del mismo modo, participan de su condición de seres de ficción y a la vez se someten al juego del teatro. Sus nombres –Hamlet, Laertes, Ofelia– ayudan a desdibujar esa línea divisoria entre escenario y vida, entre espectáculo y realidad, haciendo que la lectura de este peculiar Teatro se convierta en una mise en abyme, un juego en el que reverbera, de un modo sutil, el mundo de Shakespeare a la vez que el drama cotidiano de actores triviales. La metáfora de espejo no es fortuita aquí, porque en algunas páginas no podemos sino experimentar la sensación vertiginosa de sufrir el síndrome del ser imaginario, es decir, la infección de la ficción de la que hablaba Borges en su ya famoso texto “Magias parciales del Quijote”.

La mascarada de El retablo de no además está acentuada por el uso yuxtapuesto de las marcas textuales de la narrativa y de los textos dramáticos –en tres actos-, haciendo que el lector camine por el límite difuso de la ficción. Los diálogos en que participan los personajes de la “obra” están a su vez revestidos de una trivialidad chocante, en la que anécdotas inverosímiles, falsas o probables alimentan la narración. El argumento está deslizado, sobreentendido y si no se capta la ironía feliz de Luis Rodríguez difícilmente se podrá disfrutar en su totalidad de esta obra.

El teatro, los límites entre lo verdadero y la ficción, los seres humanos como metáforas de la actuación de la vida son los temas que aquí se intuyen. Un personaje dice: “Dale la vuelta a tu vida. Si finges la realidad, si vives la ficción como real, verás que ni la actuación aburre ni la vida pesa.”  Esta es, creo yo, la verdadera sustancia de esta obra peculiar, extraña y fascinante. La ficción y la realidad son caras de la misma moneda, que con el paso del tiempo adquieren la misma textura y logran confundirse.

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