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El año de la muerte de José Saramago

Por Marta Serrano.

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“A Dios solo le pido que me conceda el no tener que pedirle nada” (José Saramago)

Tengo que confesarles una cosa: vi la primera edición de Gran Hermano. Sí, me pudo la curiosidad. Debo admitirlo: estuve muy enganchada. Lo mejor que me llevé de esa edición, fue un descubrimiento literario. Déjenme explicarme, porque ya sé que los concursantes no son premios Planeta en potencia. El descubrimiento fue porque un día emitieron una conversación entre dos concursantes, que estaban hablando de José Saramago. En concreto de su ‘Ensayo sobre la ceguera’. Yo hasta entonces (tenía catorce años) nunca había escuchado ese nombre, pero tomé nota mental y a la primera oportunidad que tuve (lo pedí como regalo de cumpleaños) me hice con el libro. Así descubrí a un escritor visionario que me ha dado con los años muy buenos ratos de lectura, reflexión y, por qué no decirlo, de tristeza. Los ratos de tristeza bien llevada también pueden ser buenos.

Con el tiempo, y tras libros como su ‘Evangelio según Jesucristo’ y ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, pude ver que el Apocalipsis social y moral que planteaba en el primer libro suyo que leí, trascendía a algo más profundo (aún): a la infelicidad innata, a la necesidad de hacernos preguntas, a escribir novelas sobre el ‘Y si…’: Y si un día hubiese elecciones y nadie fuese a votar. Y si un día dejásemos de morir. Y si un día todos nos quedásemos ciegos. Y si descubriéramos que tenemos un doble.

Con los años no le perdí la pista literaria a una persona que se mantuvo integra a sus ideas pese a haber conseguido el Nobel. Su ateismo confeso le trajo numerosas críticas de los sectores más conservadores (aunque creo que a veces el conservadurismo raya lo jurásico). Pese a eso, nunca se retractó de declaraciones como ‘Si Dios existiera, cosa que no creo, no merece la pena que las personas se maten en su nombre’. Algo con lo que los cuerdos (creyentes o no) deberían estar de acuerdo. Es mi opinión, pero si me tocan a Saramago, no soy objetiva.

Creía en la democracia, pero no la veía posible porque para él no consistía en echar un voto en una urna para que los políticos decidan por ti: ‘el mayor problema de las democracias es la negación de las personas a participar en ella’.

En una de sus últimas entrevistas dijo que cuando muriese, sus libros permanecerían un tiempo, pero que cuando pasasen los años, ya nadie le recordaría. Señor Saramago, eso es lo único de lo que ha dicho, con lo que no estoy de acuerdo.

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