Compartir
Qué poco sentido de la armonía y la inteligencia, ver en un huerto cubierto de caléndulas, malvas y abejas a un hombre vestido de invernadero, con una mochila sobre sus hombros contaminando la tierra que le da de comer, el aire que expandirá su pulmones, el agua con la que purificará sus llagas.

Qué animal más extraño el que cambia el verde de una planta erguida bajo la lluvia, por la desolación de una linde pálida de cera humeante y herbicida. La tierra es más provechosa inundada de caucho negro, bajo temperatura estable, desnuda y limpia de insectos ladrones de semillas. Hibridamos el polen de nuestras manos con especies exóticas para intentar producir el superalimento que quitará el hambre al mundo, pero siempre caemos en manos del egoísmo, en la abundancia de un futuro que no llega.
Acostumbrados cada día más a lo fácil y rentable, a la rapidez de los gigabytes, al bronceado pasteloso de máquina y oficina, al plástico con el que se abrillantan las arrugas, declaramos la guerra al silencio con el que la madre naturaleza nos habla.
Se nos llena la boca de palabras de amor y respeto, las estanterías de libros de autoayuda sin ser conscientes de la violencia que se esconde detrás de muchos actos cotidianos con los seres que nos rodean. Los gorriones, hermanos de nuestra infancia, desaparecen a un ritmo alarmante de los campos. Las abejas que musitan el azahar, liban nuestro desprecio a cambio de su vida y los grillos se hacen molestos en la noche que nos atormenta. Estas son las conquistas de unos hombres fabricados en serie, desatentos a un paisaje que pasa a toda velocidad pero en el que nunca avanzan ni triunfan.
Educados para la ceguera, tardamos demasiado tiempo en comprender que el veneno con el que se empapan las flores llegará a la fruta que comemos algún día. Nos perdemos en ídolos absurdos, en iconos muchas veces manchados de sangre y levantamos el puño sin haber hablado antes con el dolor de los muertos.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here