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Cada día me reconozco mejor en un mundo, donde creo que la presencia más pura la simbolizan las mujeres y su cielo abierto. Os voy a hablar del espectáculo de “trois belles femmes” en una cocina colmada de canciones y de cómo el sushi se deslizó un domingo cualquiera en mi apetito.

Sujetos a una liturgia anclada en el silencio, en el arte de combinar mar, tierra y éter damos comienzo a la banda sonora más antigua del planeta. Sobre la madera, en perfecto orden, los ingredientes dispuestos a liberar sus hormonas, a contarnos sin palabras la historia de amor entre las manos y el acero.
El olor de las algas nori, la cerveza y el arroz abanicado comienzan a hacer de las suyas dando al ambiente las primeras sonrisas como un velo en la piel que las protegerá de miradas intolerantes y prehistóricas de hombres.
 Sin ningún tipo de complejo por la desnudez de nuestras sensaciones, troceamos la luz con cada verdura fresca, la seda que esconde el aguacate por todo su esqueleto, el salmón en cortes diminutos, hasta el momento en que el dios wasabi entra en acción ¡Buah!, ¡Puf!, ¡Zas! serán las interjecciones que despejen de nuestros cuerpos las incógnitas y limpien las arterias de prejuicios, legañas y obstáculos.
Y sigue la función. Tres bellísimas mujeres agarradas de la mano mojan sus labios en vino tinto y salsa de soja. La pasión se hace presente en cada una de sus curvas. Las lágrimas se intuyen entre el ruido de los brindis hasta que alguna traviesa gota de sudor busca el pecho para darle un barniz natural sobre la caja de resonancia más perfecta que cubre a una mujer. Se habla del amor entre las crasas, de los celos que callan algunas sonrisas, del dolor que hay tras el deseo, de los sonidos que se esconden en el bambú, de las nubes a los pies de las montañas, de la timidez que pone música a la belleza, del éxtasis cuando se palpan dos cuerpos maduros que no saben de un mañana. De esta forma surge un triángulo de mareas, un intercambio de miradas bajo un código al que no tengo acceso pero del que me siento partícipe.
Soy feliz de haber estado en esa cocina, oliendo sus derrotas que mezclamos con las mías, por haberme alimentado del mismo citoplasma que nutre sus miedos y victorias. Un invitado que llegó a un festín de diosas con las manos vacías y que regresó a casa con un whisky de más pero orgulloso de la mujer oculta tras el espejo.

Por Pedro Casamayor Rivas.

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