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Guardo varios clones en mi armario ropero, nunca se sabe, son muy útiles. Más que un paraguas o una bufanda.

Los uso indistintamente, según me convenga. Nadie sería capaz de diferenciarnos, son copias perfectas de mí. Máquinas elaboradas con la más sofisticada tecnología. Imitan mi piel, el tono de mi voz, mi forma de andar.

No obstante, los clones presentan sutilezas, pequeñas variantes que los hacen únicos, a pesar de su condición de copias de un mismo ser. Uno es muy descarado y bromista, es el que usé para conquistar a mi actual esposa. Otro inteligente, profundo e inspirado: es el que aprobó todos los exámenes de la carrera, escribe estos microrrelatos y se presenta a  los actos literarios.

El problema es que uno de ellos es bebedor, peleón y violento, y me obliga a que le deje salir de fiesta de vez en cuando. No hay manera de retenerlo en casa en contra de su voluntad. Y si digo de apagarlo…

Y lo peor es que el otro día se enamoró de una chica y acabaron en un hotel. Es un seductor. Una “máquina” sexual.

Resultó ser mi esposa. Qué pequeña es la ciudad. Qué gustos tan parecidos.

En ese momento fue cuando desvelé el  prolongado engaño, descubrí que la que duerme conmigo muchas noches no es mi verdadera mujer sino uno de sus clones. Uno de sus más lujuriosos clones. Mientras ella duerme con mi clon.

Soy feliz así.  Por lo que me haré el tonto, prefiero que todo siga igual.

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