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El idioma político

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Según el lingüista Leonardo Gómez, en su libro El léxico en el español, el lenguaje político sería una jerga y según el sociólogo Amando de Miguel, en su libro La perversión del lenguaje, la verdadera función de toda jerga es doble: identificar a los iniciados y confundir a los extraños.

 El que se identifican entre ellos está bastante claro, casi todos emplean el mismo lenguaje y hasta las mismas expresiones; y el que confunden a los extraños, a los que no son políticos, se manifiesta en cómo van cambiando la denominación de la realidad para que esta parezca, según sus intereses, lo que no es. Podemos poner algunos ejemplos: ya no hay maestros y profesores, ahora son todos enseñantes; los pobres ya no existen, los políticos los han convertido en personas con riesgo de exclusión social; ya no hay proletarios (bueno, a lo mejor en esto tienen razón porque ya pocos tienen prole) ni burgueses, sino que solo hay empleados o desempleados; la patronal y los sindicatos ya no son dos instituciones con intereses encontrados, son simplemente agentes sociales; el que con el dinero de los ciudadanos se haya salvado la crisis de entidades financieras no es un rescate, es una simple línea de crédito, eso sí, crédito sin devolución; el que haya dirigentes de un partido que roban no es corrupción del partido, es el aprovechamiento del partido por unos pocos corruptos; y así en tantas y tantas otras cosas que cualquiera puede analizar.

“Ya no hay proletarios (bueno, a lo mejor en esto tienen razón porque ya pocos tienen prole) ni burgueses, sino que solo hay empleados o desempleados”

En otras ocasiones ya no usan el lenguaje ambiguo para confundir a los extraños, envían mensajes directos y los repiten hasta que, por cansancio, los extraños los admiten como ciertos. Que las cosas van mal, la culpa es de los anteriores, que las cosas van bien, se debe al buen hacer de los gobernantes. Que hay crisis, la culpa es del gobierno anterior, que hay crecimiento, se debe a las actuaciones del que está en el poder. ¡Pero, puede decir el extraño, si hacen lo mismo que hacían cuando nos iba mal! Ah, dicen ellos, no, se debe a nuestras medidas y si no, mire usted el crecimiento. El extraño les puede decir que ese crecimiento se debe a causas ajenas a ellos, que, además, es un crecimiento distrófico (perdón), que lo suyo es contraproducente… Ahí ya no, ahí dejan el mensaje claro y vuelven a la jerga. Ahí se lanzan a discursos altisonantes con términos técnicos y el extraño abandona. Aquí viene al caso lo que Félix Rodríguez dice en su libro Prensa y lenguaje político: “Para el político es necesario ese lenguaje altisonante porque, expresándose de una manera complicada y con lenguaje abstracto, muchos políticos, en parte avergonzados por su propia incultura, pretenden pasar por verdaderos expertos en la materia a sabiendas de que, si no son comprendidos, ello será atribuido a la altura de su pensamiento y no a su ignorancia”.
Y hay otro estadio donde el lenguaje de algunos políticos pone de manifiesto un cinismo refinado. El proceso es el siguiente: Si algo les perjudica o han hecho mal, el primer paso es negarlo; cuando es tan evidente que ellos mismos serían tachados de estúpidos por mantenerlo, lo aceptan, pero dicen que no está probado; cuando las pruebas son concluyentes, se refugian o bien en que puede ser no correcto, pero es legal, o en que eso lo tienen que decidir los tribunales; cuando los tribunales deciden, dicen que acatan la sentencia, pero que no están de acuerdo con ella porque se ha analizado un simple aspecto y que, en ese aspecto, todos los partidos políticos hacen lo mismo.
El extraño, que ha tenido que soportar ese proceso desde hace años, que ha visto cómo las fechorías se han ido diluyendo en noticias y afirmaciones contradictorias, y que está cansado de oír a ciertos políticos que todos han hecho lo mismo y que desde ahora va a ser distinto, dice que, por favor, lo dejen en paz.
Damián Tarancón Lagunas // Alhama, junio de 2017.

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