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Alfonso García-Villalba, padre del esquizorrealismo, no ha escrito relatos. Ha puesto en palabras sus propias pesadillas sonoras. En su obra –Esquizorrealismo y Homoconejo– se condensa una arquitectura de límites turbios, de fronteras, de bucles, de violencia contenida que parece a punto de explotar. La realidad y la ficción se configuran como un dédalo en el que el lector/escuchante se traduce en un personaje más. Envolvente sería la palabra que estoy buscando. Los límites entre la vigilia y el sueño se pulverizan y las sombras comienzan a cobrar vida, a desplazarse hacia un centro imaginario. ¿Hay centro en un laberinto?

¿Existe el desierto?

Como un mantra, Esquizorrealismo spoken words, un espectáculo transgénero, se compone de una voz en off grave y siniestra y una música sicodélica de guitarra eléctrica y teclados. La banda sonora de unos relatos extraños y fragmentarios en los que el narrador viaja por su propio infierno en busca de un sentido imposible. Cuando entras ignoras que jamás podrás salir. La literatura como laberinto. La pesadilla como tono. Esquizorrealismo reactualiza la postura del que sueña despierto y ve fantasmas. La invasión de la nada transformada en materia. La solidez de la noche, las secreciones de un bosque que penetra en la ciudad. La plaza desierta como cubículo y Aleph. Villalba/Cherry son un cóctel sintético, alucinógeno y postonírico.

Si tienes la ocasión de presenciar este aquelarre sonoro-literario no lo dudes.

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